Me desperté a medianoche.Todo estaba muy oscuro. Me había quedado dormida, ni siquiera había cenado. Me levanté de la cama, dibujando eses mientras caminaba hacia la puerta. Posé mi mano sobre el pomo de la puerta, este estaba extrañamente frió. Fruncí el ceño y abrí la puerta. El pasillo también estaba muy oscuro, siendo gótica adoraba la oscuridad, pero aquello, no era normal. Me abracé a el oso de peluche que me había dado Claudine, la chica que se había sido mi mejor amiga, pero que había tenido que mudarse. Oí un ruido a mis espaldas.
-¿Mamá?- Pregunté al aire.
Nadie me respondió. Parecía que se habían quedado todos abajo mirando la televisión. Seguí avanzando hasta llegar al cuarto de baño. Abrí lentamente la puerta y tanteé la pared en búsqueda del interruptor de la luz. Una vez encendida, entré apresuradamente, cerrando la puerta detrás de mi. Me miré en el espejo. Estaba muy pálida, y debajo de mis oscuros ojos, se veían unas violetas y pronunciadas ojeras. Cualquiera que me viese en aquel instante pensaría que era un zombie o un fantasma. Una leve sonrisa apareció en mis labios ante aquel pensamiento. Abrí el grifo y agaché la cabeza, para poder limpiarme la cara y así despejarme un poco. Puse las manos en forma de cuenco bajo el grifo y dejé que el agua corriese mientras empezaba a salpicarme la cara con agua fría. Cogí una toalla, me sequé la cara y me incorporé, justo a tiempo para verla. Me volví a mirar en el espejo, pero en ese momento, ya no era yo la única que se reflejaba en el espejo. Había otra chica detrás de mi, mucho más pálida que yo. Era una chica rubia, con una melena que le llegaba hasta la cintura. Me giré rapidamente hacia ella. Me estaba mirando fijamente, parecía que con aquella mirada podía atravesarme, ver a través de mi. Me extendió la mano, mientras simultaniamente una sonrisa aparecía en su rostro.
-Patrice- Dijo con voz dulce la curiosa muchacha.
Debatiendome entre la curiosidad y el miedo, decidí estrecharle la mano. Estaba verdaderamente extrañada por el comportamiento de aquella extraña que había aparecido en mi casa.
-Emily- Intenté decir con mi mejor sonrisa falsa.
-Ya se como te llamas- Me dijo con una expresión de diversión.
Abrí los ojos de repente, cada vez mas notablemente desconcertada y asustada. ¿Como podía aquella extraña saber mi nombre?
-Perdona Patrice, has dicho que sabes mi nombre, pero ¿como?-respondí mientras agitaba levemente la cabeza.
Ella me dedicó una de las sonrisas más dulces que yo había visto en mi corta vida. Se acercó mas a mi, hasta que sus labios rozaron mi oreja. Me cogió del brazo, apretándomelo levemente. Su tacto era tan helado como el de el pomo de la puerta, que antes había percibido.
-Porque tú, Emily, eres Nuestra- me susurro al oído.
Fue entonces cuando, sin motivo aparente, me desmayé.
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